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lunes, 26 de julio de 2010

La casa de bambú (1955)



El asalto a un tren y el robo de un cargamento de armas del ejército estadounidense frente al monte Fuji, la llegada a Tokio de un extraño personaje de aspecto desaliñado y la emergente carrera de un capo de la mafia interpretado por William Holden, marcan el punto de partida para que Samuel Fuller desarrolle un colorido thriller lleno de traición y suspense al más puro estilo Howard Hawks; eso sí , de pinceladas más exóticas, puesto que en esta ocasión la acción se situa en el Tokio de 1954. En "La casa de bambú" Fuller filma unos hermosos escenarios reales, al menos los exteriores, gracias a un acertadísimo Cinemascope y a una soberbia fotografía en Tecnicolor de Joseph MacDonald (El Yang-Tse en llamas).


Fuller, el americano más antiamericano, artífice de clásicos como "La luz del hampa", "White dog" o "Corredor sin retorno", dirige con maestría esta pieza de cine negro salpicada de acción e ingeniosos diálogos, destacando los concernientes al jefe de la banda Sandy Dawson y que sin duda Tarantino tuvo bien en cuenta en películas como "Pulp Fiction" o "Kill Bill". Fuller, considerado en USA como un director de serie B, fue tremendamente admirado por jovenes realizadores americanos de los 80 y 90 como Demme, Scorsese o Jarmush y elogiado por europeos de la talla de Godard o Wenders, que nunca ocultaron la admiracion por este realizador de Massachusets que utilizó la violencia para reflexionar sobre la intolerancia y la naturaleza salvaje del ser humano.


En "La casa de bambú" se repiten muchas de las constantes que pueblan el cine de Fuller: personajes turbios de naturaleza redentora, villanos de gran encanto natural, sensualidad latente (esta es una de las primeras películas norteamericanas en mostrar un romance interracial) y de nuevo, como ya hizo en "White dog" ,un alegato contra la discriminación racial, esta vez simbolizado por la actriz Shirley Yamaguchi que tiene que soportar las vejaciones de aquellos que la rodean y limitarse a actuar como una chica kimono, cuya única función es la de servir al hombre y tener la boca cerrada.

Destacar sobre todo la representación de un Japón que curaba sus heridas de la segunda guerra mundial, el duelo épico entre Ryan y Stack, dos personajes antagónicos que simpatizan  y se respetan por igual hasta el climax final (su relación influyó claramente a Tarantino en "Reservoir dogs") y algunas de sus secuencias como el hitchconiano duelo final sobre una atracción de feria o la escena en la que Sandy sorprende a Griff bañándose en un cubo japonés y le da muerte a tiros que perforan las paredes del recipiente... toda una muerte a la japonesa. Tambien señalar la sutileza con la que Fuller supo impregnarse de la cúltura oriental y dotar a su cámara de una elegante movilidad a la hora de deslizarse por los decorados, utilizando los biombos, cortinas y otros afiches japoneses para componer sus planos y representar una genial puesta en escena que nada tiene que envidiar a los grandes maestros del pais del sol naciente.

Como punto negativo quedan algunas carambolas de guión que se traducen en incoherencias de trama y que hacen un flaco favor al personaje de Robert Ryan (Sandy Dawson) que tal vez, llevado por una tensión sexual no resuelta hacia su contrincante, comete errores impropios de un jefe del hampa de su envergadura.

Con todo, una película más que recomendable para los amantes del cine negro.

"Tenemos demasiados intelectuales que tienen miedo de usar la pistola del sentido común."
                                                                                                     -Samuel Fuller-

_Darius Somerset_

domingo, 6 de junio de 2010

Teniente corrupto (2009)

Esti Zumake. Valoración 6/10

Todos sabemos que durante los últimos años Hollywood atraviesa un periodo de escasez en lo que a guiones originales se refiere. La reciente invasión de remakes, secuelas, precuelas, nuevos montajes, mezclas imposibles (las dos versiones de Alien vs. Predator fue rizar el rizo), adaptaciones de best-sellers, comics, mangas e incluso videojuegos demuestra el interés que tienen las grandes productoras en captar al público más joven y la falta de escrúpulos en un momento en el que todo vale con tal de hacer taquilla. Ante semejante panorama parece lógico que un productor de Hollywood como Ed Pressman, que disponía de los derechos de explotación de “Teniente corrupto” y un presupuesto de cien millones de dólares, aprovechase la oportunidad y no dudase en rentabilizarlo. La película homónima de Abel Ferrara estrenada en 1992 contaba con un presupuesto ridículo en comparación con ésta. Pese a ello supuso la obra cumbre y el reconocimiento mundial de un director tan acostumbrado al éxito como al fracaso más rotundo. La nueva versión de Teniente corrupto como la anterior no está dirigida a la juventud. Es una historia sórdida que se desmarca de las películas de policías que estamos acostumbrados a ver en cartel.

Situando la trama en un escenario diferente (se sustituye Nueva York por Nueva Orleans), bajo las órdenes de un director de renombre (Werner Herzog), con actores que suponen un taquillazo seguro (Nicolas Cage, Eva Mendes, Val Kilmer) y acompañada de una costosísima campaña de publicidad, las intenciones quedan más que claras : abarcar al gran público que mueven las grandes estrellas, tentar a los fans incondicionales de la primera versión e intentar acercar al espectador selecto cuyo criterio se basa más en la calidad artística que en lo ostentoso de la producción. Desde este punto de vista la combinación elegida ofrece un producto completamente novedoso que pretende evitar cualquier tipo de comparación con su original. De hecho, el propio director asegura no haber visto la versión anterior, algo que desde mi punto de vista resulta un tanto sospechoso y supone una forma clara de esquivar los dardos. A pesar de la insistencia en vender un producto nuevo, el simple hecho de adjudicarse este título para el cartel hace que las comparaciones sean inevitables.

En ambos films el protagonista es un policía sin escrúpulos y adicto a todo tipo de drogas que utiliza las tácticas más sucias para realizar su trabajo y agenciarse su dosis de droga diaria. Ferrara, a través de la violación de una monja, envuelve su película en una atmósfera religiosa que provoca una crisis existencial en el protagonista y hace inevitable la búsqueda de la redención. Herzog sustituye la violación por el asesinato de una familia de senegaleses traficantes de droga, un contexto mucho más materialista, y los problemas de fe los reemplaza por dolores de espalda. El director arranca de cuajo toda la crudeza primitiva obteniendo una película mucho más trivial, con un ritmo más ligero gracias a la ramificación de frentes que el protagonista va abriendo en su contra a medida que se complica el argumento y que Herzog se encarga de fusionar de una manera magistral al final de la película.

El director afirma que su intención es hacer una película de cine negro que penetre en las profundidades de la perversidad hasta alcanzar lo que define como "el éxtasis del mal". Hay que reconocer que varias secuencias alcanzan unos niveles tan altos que ponen los pelos de punta, pero entre lo insólito de los diálogos y la musiquilla jocosa que los acompaña, más que una película típica del film noir parece una comedia negra.

Al contrario que Harvey Keitel que interiorizaba su angustia, Cage interpreta su personaje de una forma mucho más histriónica a base de grandes gritos y aspavientos, haciendo evidente su excitación con la pistola ensartada en la bragueta como si fuese un exhibicionista que alardea de su erección. Pese a ello creo que este actor interpreta su papel de una manera brillante. Herzog reconoce su ignorancia en cuanto al tema de las drogas pero los excesos del actor logran cubrir las lagunas que tiene el film en este tema. Si la visión de Ferrara ofrecía todo un repertorio de rituales en torno a la preparación y consumo de todo tipo de sustancias, en esta versión edulcorada, tan solo vemos un par de esnifadas rápidas acompañadas de delirios con reptiles y almas danzarinas que dejan patente la huella transgresora del director.

En definitiva, aunque no alcance el nivel de la original, esta película supera con creces en calidad a la gran mayoría de las producciones hollywoodienses que rellenan la cartelera. Nicolas Cage ha salido fortalecido de esta empresa, y el director Werner Herzog, que en otros tiempos practicó con maestría el arte de caminar sobre hielo y fuego, en esta ocasión acaba con los zapatos un poco sucios pero con la cartera un poco más llena después de realizar, no una obra maestra, pero sí un trabajo digno.