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martes, 1 de junio de 2010

El carnaval de las almas (1962)


por Darius Somerset. Valoración 6 / 10


El cine de horror siempre ha supuesto para la industria cinematográfica una fuente extra de ingresos y una manera de llenar las salas con un público más joven y si cabe, más escandaloso. Véase cómo la representación de una matinal en un pequeño pueblo de Florida, se convierte en una batalla campal de palomitas e insectos gigantes en la alocada Matineé de Joe Dante.


Grandes industrias como la Universal vieron refortalecidas sus arcas con versiones de Drácula, el hombre lobo y demás monstruos de leyenda, mientras que otras, de presupuestos más humildes como la American International Pictures, basaron su filosofía en producir ciencia ficción o adaptaciones de Edgar Allan Poe a manos del artesano Roger Corman (que quemó el mismo granero en al menos ocho de sus películas). En definitiva, para todas estas empresas los gastos de producción eran cubiertos sobradamente por la taquilla del fin de semana, sin demasiados alardes. Pero el horror, al igual que supuso un filón de plata para los despachos y las arcas de los estudios, también supuso un laboratorio donde muchos directores pudieron experimentar con las herramientas propias del medio como la luz, el ritmo, el encuadre y la tensión espacial, dotando al género de su merecido reconocimiento. Murnau vió la luz como realizador de manos de lo oculto (Nosferatu, Satanás); también Torneaur, que llevó el genero a su estado mas minimalista e inquietante, tenía como premisa “lo que se intuye por lo que se enseña”. Hoy en día sería impensable que un estudio llevase a cabo una película llamada la mujer pantera, sin enseñar a la pantera.


Tampoco podemos olvidar cómo las películas de la inglesa Hammer eran las únicas capaces de llenar las butacas en un país que tardó tanto tiempo en reconocer al cine como un arte. Directores, fotógrafos y escenógrafos conformaban un gremio especializado en películas de horror con sus Fisher, Carreras, Cushing y Lee. En definitiva, cinematografías de todo el mundo han ahondado en el misterio, el miedo y la ciencia ficción basándose en siglos y siglos de literatura y tradición oral que hablaban de ese lado desconocido al que el ser humano no puede acceder. En Suecia Víctor Sjostrom y en Dinamarca Dreyer, transmitían toda una tradición fantasmagórica de la antigua Europa con películas como La carreta fantasma o Vampyr. En Italia, donde la falta de presupuesto nunca fue problema para hacer cine, Mario Bava o Luigi Bazzoni iban creando el famoso “Giallo” italiano. En España, con una enorme tradición de leyendas Bequerianas, también se cultivó ese fértil terreno por medio de Chicho Ibañez Serrador o Amando de Ossorio y es que, a fin de cuentas, la relación entre el horror y el cine es tan fructífera como una familia numerosa.


“El horror es aquello con lo que aun no nos hemos reconciliado” Ramsey Campbell


Una película de terror es, por lo general, una película económica _y digo esto sin ninguna pretensión_ ya que no requiere la contratación de grandes estrellas, ni la construcción de grandes decorados. Su esencia radica, como ya hemos dicho anteriormente, en otro lugar: en la tensión espacial, en el ritmo de montaje, en la expectativa, en la presentación selectiva de la información, en la música, etc. El miedo es una sensación muy fácil de mantener pero muy difícil de conseguir, sin embargo el cine, al igual que la literatura, tiene a su servicio una capacidad casi poética de crear atmósferas. Como ya argumentaba Poe, la narración surge de la atmósfera. Si bien cuando hablamos de disfunciones mentales, neurosis, paranoias, esquizofrenias y demás psicopatías, es el propio personaje el que proyecta y transforma el espacio, en el relato de horror es el espacio el que transforma y modela al personaje y por ende al espectador. Cuando el hombre penetra en una región ajena, hostil y que no entiende, nace el miedo, es decir la trama, la estructura del horror. Es como la vida misma.


El carnaval de las almas es una película que contiene algunos de los elementos propios del género. Sin embargo, padece los males a los que están sujetas muchas de las producciones de terror, causados más por la falta de presupuesto que por la falta de creatividad de sus autores. La película se ralentiza demasiado en las idas y venidas de su protagonista, que pulula de un lado a otro como un pollo sin cabeza. También se echan en falta algunas secuencias perdidas por errores de producción y un poco de cordura argumental ¿Por qué algunos personajes escuchan a la mujer mientras que para otros no existe? ¿Son acaso figuras prefijadas en su cabeza o bien mediadores entre mundos? En definitiva, en muchas partes del metraje, la película parece empeñada en colgarse la etiqueta de serie B a la fuerza.


En El carnaval de las almas Herk Harvey, director de videos estatales, cuenta el pesadillesco devenir de una organista atea después de sufrir un accidente de coche. El más allá se irá haciendo sitio en la película hasta desvelarnos la terrible verdad que se esconde tras las apariciones de unos personajes mortuorios ataviados con esmoquin negro. Bien visible es la huella que los “goules” de la película de Harvey dejaron en los zombies de Romero o en los autómatas de Lynch.


Hay que resaltar sin embargo, las virtudes de un film rodado con un presupuesto ínfimo (si lo comparamos con otras producciones de 1962 como Baby Jane o El cabo del terror). Destaca la fotografía de Maurice Prather, el inquietante baile de las almas, las tomas casi mudas en donde se pone en entredicho la comunicación humana y la novedosa historia que desarrolla Harvey en torno a un muerto. Estas son particularidades perfectamente legítimas para recomendar, a los amantes del género, esta peculiar cinta de fantasmas válida para cualquiera que haya pensado más de una vez en la muerte.

martes, 18 de mayo de 2010

El vientre del arquitecto (1987) - Arquitectura y cine



Esti Zumake Valoración 7/10

Este es el cuarto film del iconoclasta director (o anti-director como le llaman algunos) Peter Greenaway que inspirado en la arquitectura, la megalomanía y la decadencia del Antiguo Imperio Romano aborda los fundamentos de la construcción técnica, el equilibrio y la simetría.

Stourley Kracklite (Brian Dennehy) es un prestigioso arquitecto americano que es contratado para dirigir una exposición sobre el arquitecto del siglo XVIII Étienne-Louise Boullée al que admira desde la infancia. Acompañado de su joven esposa Louise (Chloe Webb) se traslada a Roma donde vivirá nueve meses, el tiempo de gestación del bebé que esperan. Hombre de gran estatura y enorme barriga, asegura reconocerse en las enormes construcciones esféricas del artista al que rinde tributo y presume de disponer al igual que ellas de "un perfecto y envidiable centro de gravedad", su estómago. Pero al poco tiempo de su llegada comienza a sufrir un terrible dolor en el vientre que le conducirá a una espiral de sufrimiento, obsesión y locura, provocando que este "enorme edificio con exceso de colesterol", como le llama su esposa, se desmorone.

La película es un tributo a la Gran Roma Imperial, a la que el protagonista define como "la cuna de la cúpula y el arco, la buena comida y los grandes ideales", es decir, cuna de todas sus pasiones. A través de planos estáticos y postales nos muestra monumentos arquitectónicos que reflejan el poder que ostentó en otros tiempos: el Panteón, la Cúpula de San Pedro, el Coliseo, la Iglesia de Santa Inés, la Tumba de Augusto... además de multitud de estatuas de proporciones gigantescas. Pero la Roma actual, la que encuentra el arquitecto a su llegada es muy diferente. Lejos de los grandes ideales el protagonista se enfrenta a un mundo corrupto y ambicioso que entiende el arte como un forma de ganar dinero.

Greenaway sacrifica la técnica cinematográfica por la técnica arquitectónica. Es un film estático en el que apenas hay movimientos de cámara. Como un gran edificio de Boullée (ambicioso, geométrico y circular) está construido por una multitud de planos simétricos con encuadres perfectos. El centro de la imagen se reserva exclusivamente al protagonista, pilar central de la película, y sus movimientos son hacia atrás o hacia adelante, manteniendo siempre su posición privilegiada. A ambos lados todo tipo de objetos (ventanas, columnas, estatuas,...) aportan al conjunto una perfecta proporción y equilibrio. La apasionada música de Wim Mertens proporciona un ritmo frenético al repertorio de imágenes fijas (planos, dibujos, postales, fotografías, fotocopias...) que utiliza el director principalmente en las transiciones. Destaca una secuencia en la que la cámara realiza un travelling a lo largo de un collage de fotografías que desnudan la intimidad del arquitecto y delatan la infidelidad de su mujer.

El director aprovecha la constitución física de Brian Dennehy y el entorno para crear una analogía entre pasado y presente. Parece como si la relación de los personajes con estos arcaicos decorados lograse el resurgimiento del Gran Imperio y que dichos lugares revivan con su fuerza original. También hay que añadir los delirios de grandeza de este egocéntrico arquitecto que sintiéndose enfermo se identifica con los grandes emperadores y se obsesiona con las enfermedades que provocaron su muerte, llegando incluso a sospechar de haber sido envenenado por su esposa al igual que lo fue el Emperador Augusto.

En cuanto a la dirección fotográfica y la dirección artística están perfectamente coordinadas. La iluminación obtiene las mismas tonalidades cromáticas que el vestuario y los detalles de la escenografía logrando con ello una atmósfera pictórica característica del cine de Greenaway.

Película para amantes de la estética y de la técnica más pictórica que cinematográfica.